Cuando pensamos en los adolescentes de hoy, es importante considerar que gran parte de sus intereses, vínculos e intercambios cotidianos se encuentran atravesados por el mundo digital, la tecnología y los entornos virtuales. Muchos de sus procesos comunicacionales ocurren allí, y buena parte de las formas que encuentran para interactuar, expresarse y relacionarse con otros se desarrollan dentro de esos códigos y plataformas.
En este contexto, cuando aparece una pregunta tan relevante como qué hacer al finalizar la escuela secundaria, qué estudiar o cómo proyectar el año siguiente, suele producirse una situación particular: el adolescente muchas veces no logra comunicar con claridad a sus padres lo que piensa, siente o imagina respecto de su futuro.
Esto no significa necesariamente que no tenga intereses, dudas o inquietudes. En numerosos casos, lo que aparece es una dificultad para elaborar y poner en palabras aquello que le sucede. Como consecuencia, los intercambios familiares sobre el futuro académico o laboral suelen estar caracterizados por respuestas breves, información fragmentada o conversaciones que se interrumpen rápidamente.
Para madres y padres, esta situación suele resultar compleja. Existe un interés genuino por conocer qué está pensando su hijo o hija para poder acompañarlo, orientarlo y ayudarlo en la toma de decisiones. Sin embargo, muchas veces reciben muy poca información, lo que dificulta la posibilidad de construir un diálogo productivo alrededor del tema.
Por este motivo, no siempre el adolescente llega a una instancia de orientación vocacional habiendo conversado suficientemente sobre estas cuestiones dentro de su familia. Incluso cuando no realiza un proceso de orientación y pasa directamente a elegir una carrera o una institución educativa, es frecuente que esa decisión se encuentre precedida por pocas conversaciones profundas acerca de sus intereses, motivaciones, expectativas o temores.
De hecho, muchos de los conflictos que aparecen entre adolescentes y padres en esta etapa no surgen inicialmente por desacuerdos respecto de una carrera universitaria determinada, sino por las dificultades para comunicarse acerca del tema. En numerosas oportunidades, la tensión no está puesta en la elección en sí misma, sino en la sensación de que hay algo importante ocurriendo y que ninguna de las partes logra acceder completamente a lo que la otra está intentando expresar.
Por eso, más que buscar respuestas inmediatas, uno de los desafíos centrales de esta etapa consiste en generar espacios donde el adolescente pueda ir construyendo progresivamente un discurso propio acerca de su futuro. No se trata únicamente de elegir una carrera, sino también de desarrollar la posibilidad de hablar sobre sí mismo, sus intereses y sus proyectos, para que la familia pueda acompañar ese proceso desde un lugar de mayor comprensión y cercanía.
Le agradezco su lectura y el interés en nuestra perspectiva de trabajo.
Lic. Maximiliano Llambrich — Equipo de Lumo